Atrib. Lorenzo Mosca

Activo en Nápoles de 1760 a 1780

Natividad con Madonna, San Giuseppe, Bambino, zampognano, buey y mula
Terracotta, madera, estopa, alambre, pasta vítrea y tejido
Medidas de la estructura: 110 x 75 x 50 cm.
Figuras: 54 – 57 cm.

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La edad de oro del belén napolitano abarca aproximadamente de 1725 a 1790. La elaboración de estos pesebres parece haber recibido un impulso definitivo por la llegada de Carlos III, hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio, como virrey a Nápoles en el año 1734. Especialmente tras conseguir la victoria de Velletri cuando consolidó el  reino de Nápoles y Sicilia y pasó a ser monarca reinante.

Carlos III contrajo matrimonio con María Amalia de Sajonia. Bajo su reinado guiado por las medidas reformadoras de la Ilustración, Nápoles, después de haber sido durante dos siglos un virreinato español, llegó a ser capital de un reino autónomo y una de las ciudades más prósperas de Europa. Se convirtió en una urbe rica en manufacturas culturales y artísticas, tales como el desarrollo de la porcelana de Capodimonte (impulsada por la nacionalidad alemana de la reina), así como el perfeccionamiento del Belén, incentivando a reconocidos escultores como Sanmartino (caposcuola), Mosca, Celebrano, Gori, etc. para fundar talleres de producción belenísica de gran calidad, capaces de difundir la moda del presepe por toda la ciudad.

Monarca de arraigada religiosidad, Carlos III, descubrió el encanto de montar en su palacio su propio pesebre. No obstante, el apoyo por parte de la corona a los belenes particulares ya existía desde los Virreyes anteriores, quienes tenían la tradición de  visitar los mejores ejemplares particulares de la ciudad, honrando a aquellas familias con pesebres más espectaculares.

De la pasión de Carlos III por los presepes, resulta interesantísimo el testimonio del Padre Onofre, fraile dominico de su corte, quien afirmaba que el monarca “se divertía en hacer ladrillos, cocerlos, hacer el paisaje, la arquitectura y las lejanías y situar a los pastores”.

Como consecuencia de esta pasión del Rey, toda la nobleza comenzó a imitar esta afición, así como los ricos burgueses, estamento cada vez más poderoso en Nápoles, ciudad con gran actividad comercial, tanto interior como exterior. Fue tal la afición de los napolitanos por estos belenes, que lo que empezó como una celebración festiva de la Navidad, pronto adquirió carácter perenne y las familias  acabaron poniendo su belén durante todo el año.

Sin duda, este extraordinario Nacimiento destaca por la elevada calidad técnica de sus figuras (tanto en su modelado, como en el esmalte), así como por su gran escala, muy por encima del canon de la terzina: formato de 35 a 45 cm., que se imponía para la altura de los pastori desde los tiempos de Carlos III, para posibilitar la difusión de la tradición belenística a los domicilios particulares.

El enorme tamaño de las figuras que aquí se presentan se puede relacionar directamente con un gran entorno de exhibición para su deleite por un numeroso público: bien una capilla eclesiástica o incluso un palacio.

Imaginar este soberbio Misterio en un contexto palaciego, no resulta descabellado al consultar las fuentes que atestiguan como desde 1702, Felipe V exhibía cada Navidad un Nacimiento de gran formato, regalo del Virrey de Nápoles, en el Casón del Buen Retiro, cuyas puertas abría para que pudiera ser admirado por el pueblo.

La proporción de los rasgos y la elegancia expresiva de la Madonna y el San Giuseppe (vestidos con túnica, manto y sandalias  a la manera clásica) contrastan con el carácter caricaturesco del Zampognaro (ataviado con vestiduras propias del Nápoles del XVIII, como la pécora y la capa). La magnífica factura del modelado de la terracota, así como la viveza cromática y pureza del esmalte, son características del maestro Lorenzo Mosca (… – 1789) quien recibió su primer contacto con el Mundo del Belén de la mano de su padre, Giusseppe Mosca, célebre moldeador de figuras de Belén, quien consta  en los Archivos Oficiales de la Secretaría de Estado de la Marina con un salario mensual de 15 ducados.

Famoso por la alta calidad de sus figuras, Lorenzo Mosca, es mencionado por numerosos expertos como el célebre Pietro Napoli Signorelli (Nápoles, 1731 – 1815), quien convive en la ciudad con  Mosca y lo describe como “un competente escultor especializado en el estudio del desnudo y sus composiciones para belén” (V.V.A.A. “Il Presepe Napoletano. La collezione del Banco di Napoli, Pág. 57).

Entre otros talleres, Mosca dirigió el del Duque de Diano Calà y, por muchos años, aquel gestionado por la familia Giorgio.

Destacó por el modelado de sus figuras, realizando familias completas,  con los trajes típicos de las diversas áreas geográficas del reino meridional: Torre del Greco, Procida, Abruzzo, Calabria…

La mula y el buey, también de soberbio naturalismo, son fácilmente atribuibles al taller de los hermanos Vassallo, célebres en la segunda del S.XVIII, por sus figuras de animales para los presepes.

Una vez terminada la cabeza, con la personalidad definida por el autor  y atada al maniquí de alambre y estopa,  cada figura pasaba por manos de diferentes artesanos que la vestían: como modistas, joyeros o incluso luthiers que reproducían los instrumentos musicales en miniatura, como es el caso de la curiosísima gaita que porta el Zampognaro en este grupo, que siempre se colocaba junto al Misterio.

Según Ruggiero, en Nápoles llegaron a existir más de treinta talleres  dedicados a la producción belenística, con aproximadamente quinientos trabajadores de toda índole.

Como observamos en este maravilloso Misterio, cada figura se concibe para formar parte de un todo y no de forma independiente. El músico, la Virgen, San José e incluso los animales interactúan entre sí, así como con el escenario, para configurar una escena de gran carga teatral. El dramatismo se acentuaba con la iluminación, que bien podía ser natural, abriendo el fondo del decorado a un balcón desde el que se divisaba un jardín, o la bahía de Nápoles con el Vesubio; o artificial, poniendo velas que guiaran la atención por los lugares principales, como el lecho del Bambino.

Por seguridad, las velas muchas veces se ubicaban alejadas del Presepe y la luz se dirigía a los puntos deseados por medio de espejos. Esto permitía graduar los juegos de luces y las sombras contribuyendo a la teatralidad del conjunto, lo que se acentuaba, más si cabe, con el uso de elementos efectistas como vidrios de colores que teñían los haces de luz sobre la escena como si de una pintura se tratara.

Basta con comparar el Misterio que aquí se presenta con el lienzo coetáneo de la imagen inferior, para entender la gran influencia que la pintura del settecento napolitano ejerció en la composición de los Belenes:  la disposición vertical de la arquitectura, el paisaje como telón de fondo, la composición abigarrada de los personajes, los juegos de luces y sombras, la presencia del zampognaro y la interacción de las figuras entre sí.

“Adoración de los Pastores” de Francesco de Mura ( Nápoles, 1696 -1782).
Chiesa di San Nicola alla Carità.

 

Bibliografía:

V.V.A.A. “Il Presepe Napoletano. La collezione del Banco di Napoli”. Banco di Napoli, 1987.