Rafael Romero Barros

Moguer, 1832 – Córdoba,  1895

Paisaje con Escena Bíblica y ruinas
Óleo sobre lienzo
69,5 x 102 cm.

Firmado y fechado: «Rafael Romero, 1861»
Provenance: España, colección particular

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Rafael Romero Barros, padre del pintor Julio Romero de Torres, estudió en la Universidad de Sevilla donde recibió una sólida base humanística, cursando latinidad y filosofía desde 1844 a 1847. Inició su aprendizaje en la pintura con el paisajista sevillano Manuel Barrón y con los hermanos Valeriano y Gustavo Bécquer. Con treinta años marchó a Córdoba para dirigir el Museo Provincial de Pintura, base de operaciones de una vastísima actividad de promoción cultural. En aquella ciudad fundó la Escuela de Música y la Escuela Provincial de Bellas Artes.

Su gran sensibilidad y exquisita formación le llevaron a interesarse por todas las facetas del arte, desde la arqueología romana y musulmana, hasta las últimas exposiciones de sus contemporáneos. Publicó numerosos artículos que en la prensa diaria y en diversas revistas especializadas.

Crítico de arte y arqueólogo, dirigió también el Museo Arqueológico, cuyas colecciones se encargó de enriquecer. Gracias a sus esfuerzos, pudieron salvarse la Sinagoga de Córdoba y diversos monumentos, por lo que fue nombrado vocal de la Comisión de Monumentos de la provincia y socio emérito de la Sociedad Arqueológica de Barcelona.

La prolija relación de cargos y distinciones que ostentaba es índice de una vida consagrada a la promoción de la historia y del arte: fue Académico de San Fernando, de la Academia de Historia, de la Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba y de la Sociedad Económica cordobesa. Su altísimo nivel cultural, unido a su perfecta conexión con la realidad social, le llevó a tomar parte activa en la Asociación de Obreros Cordobeses, de la que fue Secretario hasta su muerte.

Puede que quizás lo que más engrandezca la figura de Romero Barros sea su labor como maestro de artistas: la Escuela de BBAA de Córdoba formó  a una generación que renovó con rotundidad el mundo artístico cordobés, llevándolo a altísimos niveles, según tendencias realistas y post-románticas. Con él aprendieron sus hijos Rafael, Enrique y Julio Romero de Torres, Mateo Inurria, Hidalgo de Caviedes, Villegas Brieva, Muñoz Lucena, Juan Montis, Serrano Pérez, y una larga lista de 11 de orfebres y artesanos que vieron un renacimiento en la nobleza de sus oficios al recibir la savia del humanista y enciclopédico saber del maestro moguereño.

Precisamente para el gremio de plateros cordobeses pintó un Retrato de la Reina María de Las Mercedes que acompañó al aderezo de filigrana que la corporación regaló a la Reina. Romero Barros descubrió auténticos valores entre sus alumnos, porque él mismo vivía el afán de superación en todos los géneros de la pintura que abordó: el retrato, la figura de interiores, el bodegón y el paisaje.

Parece casi inexplicable cómo pudo llegar a una actividad cultural tan amplia sin perder nunca su punto de partida, la pintura. En 1862 participó en la Exposición de Londres con Un frutero, en 1874 en la Exposición del Casino cordobés con Cuatro Países, en 1876 presentó Cercanías de la Huerta de Morales en la Sierra de Córdoba y Un estanque a la Exposición Nacional de Bellas Artes. Mostró Un Recuerdo de África en la Exposición de Jaén. Su Retrato de D. Isidro Molina fue adquirido por la sala capitular de Rute.

Su pintura  inició un giro desde los historicismos hacia un realismo post-romántico que pronto desembocaría en el realismo social, por un lado, y en el luminismo regionalista, por otro.

Este precioso Paisaje con escena biblíca y ruinas es un bellísimo exponente de las obras  de Romero Barros, de marcada tendencia neoclasicista donde el artista demuestra su amplio bagaje académico y sus extensos conocimientos sobre la Antigüedad, describiendo fielmente la indumentaria de los personajes así como los detalles arquitectónicos y paisajísticos, que nos sirven de referentes para ubicar la escena en un entorno exótico, sin duda un recurso puramente romántico. La estudiada composición para situar a los numerosos personajes, desarrollan la acción en varias zonas de la escena, lo que obliga al espectador a mover sus ojos a lo largo del lienzo, permitiéndole disfrutar de los numerosos detalles del paisaje.

Sin duda el paisaje, soleado y alegre, se disocia con el dramatismo de la escena para adquirir el mayor protagonismo de la obra, lejos de concebirse como un mero telón de fondo. El pintor lo ha distribuido inteligentemente en varios planos, empleando con maestría la perspectiva aérea con la que consigue la impresión de profundidad: en un primer plano, los restos de un puente a la izquierda y árboles a la derecha; en un siguiente plano, las ruinas de un templo corintio con palmeras y, al fondo, en un tercer plano, tras otro templo, se distingue un pueblo. En el último plano se vislumbran unas montañas azuladas que completan la sensación de profundidad en el espectador.

 

BIBLIOGRAFIA:

OSSORIO Y BERNARD, M.: Galería biográfica…

VVAA: Cien años de pintura en España y Portugal

QUESADA, L.: La vida cotidiana en la pintura andaluza. Sevilla, 1992