Daniel Hernández Morillo

Salcabamba (Peru), 1856 – Lima, 1932.

Pareja de retratos femeninos
Oil on board
27.7 x 17.7 cm.

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Este magnífico pintor peruano nació en la región de Huancavelica en Salcabamba el 1 de Agosto de 1856. Hijo del español Leocadio Hernández y de la peruana Basilia Morillo, sus padres se trasladan a Lima cuando contaba con 4 años de edad.

Hernández, fue precoz en su educación artística, empezando a los 14 años en el taller de Leonardo Barbieri. El italiano fue un gran impulsor de las artes en Lima, organizando la primera “Exposición de Pintura Nacional” con una gran muestra colectiva de arte peruano en 1861. Después del fracaso de las exposiciones nacionales, Barbieri, regresa a su tierra y es entonces cuando nuestro pintor asume el cargo de maestro en la mencionada escuela.

Alrededor de 1872 realiza la obra La Muerte de Sócrates –actualmente ubicada en el Banco Central de la Reserva de Perú– que le valió la obtención de la beca para Europa. Llega a Paris en 1873 donde, después de un tiempo, su compatriota Ignacio Merino le aconseja trasladarse a Roma. En la Ciudad Eterna permaneció durante más de once años trabajando y aprendiendo con maestros españoles como Mariano Fortuny y Lorenzo Vallés.

En 1883 vuelve a Paris, donde fue elegido Presidente de la Sociedad de Pintores Españoles residentes en la ciudad de Luz. Allí conoce a artistas españoles, destacando la gran amistad que entabla con Francisco Pradilla y Ortiz y José Villegas y Cordero, lo cuales también residentes en la capital francesa durante aquella época. Además, consigue ser nombrado miembro de la Sociedad de Artistas Franceses, lo que le permite exponer en el Salón Anual de Artistas durante siete años. En ese inmejorable marco se consolida como artista en el mercado internacional, alcanzando considerable fama y fortuna.

En España, cabe destacar su participación en las Exposiciones celebradas en Barcelona entre los 1891 y 1894, siendo premiado en ambas.

También asiste a la Exposición Internacional de Madrid de 1892, donde presentó cuatro obras, consiguiendo la tercera Medalla por su Retrato de la Señorita R.C.

En cualquier caso, Daniel Hernández permanecerá en Paris –capital internacional del arte– durante más de veinte años, consolidándose como pintor de género, de retratos y de desnudos femeninos. Cabe destacar su participación en el salón de 1899, donde fue premiado con la segunda medalla por su cuadro La Perezosa. El año siguiente, en la Exposición Universal de Paris de 1900, le otorgan la Medalla de Oro por su cuadro Amor Cruel. Méritos que, unidos a los anteriores, conducen a nuestro pintor a recibir La Legión de Honor en 1901.También obtiene el Premio de Pintura en la Exposición Iberoamericana de Sevilla, con la obra Francisco Pizarro.

En 1912 Viaja a Argentina y Uruguay para exponer sus trabajos, regresa a Roma para una exposición, a continuación vuelve a Paris, donde residirá hasta 1918.

En 1918 su hermano menor se convierte en uno de los más preciados predicadores de la Orden de los Dominicos en Perú, al mismo tiempo el Presidente del país D. José Pardo, lo llama para que asuma la dirección de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima, cargo que ejerció hasta su fallecimiento el 23 de Octubre de 1932.

A Daniel Hernández se le considera un academicista, quizás por su importante papel como retratista mundano de la burguesía; manteniendo una cuidada armonía tanto formal como cromática, así como una clara idealización esteticista. No obstante –a pesar de esta tendencia más conservadora–, la modernidad del París de la Belle Epoque también aflora en su obra, especialmente en su pincelada rápida y enérgica, que recuerda a los impresionistas –con los que Hernández pudo haber tenido relación durante su larga estancia parisina–.

Las dos obras aquí presentadas plantean un interesante contraste entre dos modelos procedentes de estratos sociales claramente diferenciados: una campesina y una dama urbana –esta última con guitarra y mantilla españolas, muy de moda en el París del segundo imperio–. En la pintura de género finisecular estos “retratos de bellezas femeninas” constituían una especialidad en sí mismos para deleite de los coleccionistas. En palabras de la experta Amaya Alzaga: “estas bellezas abarcaban todas las clases y los ámbitos geográficos […], desde la refinada burguesa, a la campesina italiana, pasando por la estética racial de la mujer española o la melancolía de las jóvenes inglesas”[1]. Indistintamente, en ambos retratos se advierte la destreza en la pincelada, el maravilloso acierto en el colorido y, en definitiva, la calidad magistral que caracterizan a este gran artista peruano-español.

[1] ALZAGA, A.: La modelo Aline Masson de Raimundo de Madrazo, Conferencia del 17/03/2015, Museo Nacional del Prado, min. 5:10.